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País Leonés, siglos XVI y XVII

  • Leyes de Toro, de 1505


    Tratado "Concordia de Villafáfila", de 1506


    Juan del Enzina, escritor salmantino


  • En 1504 muere Isabel y la heredera es Juana, apodada “la Loca”. Al año siguiente se reúnen cortes en Toro, promulgándose las famosas Leyes de Toro, leyéndose el testamento de la reina que incluye las Ordenanzas de Indias. Fernando de Aragón ejerce de regente hasta la llegada desde Bélgica de Juana y su esposo Felipe, hijo del emperador germánico. En Salamanca había acordado compartir los tres la regencia de los reinos de León y de Castilla, pero tras el encuentro de Asturianos, Fernando renuncia a la corona castellana por el Tratado de Villafáfila y se retira a Aragón, a pesar de que el pueblo leonés, en general, le demuestra afecto. Las ciudades continúan enfrentándose por la supremacía, en incluso dentro de cada una de ellas surgen bandos nobiliarios y burgueses, por el poder de ellas. Este proceder es común en la Italia de la época, por ejemplo. Tras la repentina muerte de Felipe “el Hermoso”, el obispo de Zamora, Acuita, se fortifica, apoyado por el Conde de Benavente, pero terminan aceptando como regente, de nuevo, a Fernando “el Católico”. Tras la muerte de este rey, Zamora se niega a acatar las órdenes de Cisneros, cardenal regente, pero tiene que terminar por ceder.
    Llegado Carlos I, fue recibido en Villalpando por las ciudades del Reino de León, a las que negó las reclamaciones que presentaron días más tarde, en Benavente, donde solían reunirse. Las Cortes de La Coruña, de 1517, concedieron al nuevo rey apoyo para su coronación como emperador de Alemania, y allá partió, dejando como nuevo regente a Adriano de Utrecht, en Benavente, con su conde. Entonces, algunas ciudades con voto en cortes de los reinos de León (también alguna de Extremadura) y de Castilla, llegando la inquietud a Murcia y Andalucía, que se sublevan. En Zamora, el obispo Acuña intenta el levantamiento que no apoya el alcalde Ronquillo y tiene que huir a Toro, quedando muchas ciudades divididas entre Imperialistas y Comuneros. Se trata, pues de una contienda civil, desde la cordillera cantábrica hasta el Mediterráneo, con el telón de fondo de las prerrogativas de los nobles y los burgueses, extranjeros u oriundos.
    Salamanca se rebela con los Maldonado al frente. Todos se dedican a la rapiña; los nobles toman Tordesillas y queman Medina del Campo (son de este bando los condes de Benavente y Alba de Aliste y el duque de Alba, con Adriano al frente). Los burgueses saquean Palencia. Hay batallas y alborotos en Toledo, Murcia, Cáceres, Cádiz …, pero la revuelta es sofocada en Villalar. Sólo Acuña se hace fuerte en Fermoselle y luego en Toledo, con la viuda de Padilla, siendo al fin encerrado y ejecutado en Simancas por el alcalde Ronquillo, también zamorano y su enemigo personal.
    Por tanto, las llamadas Comunidades de Castilla no fueron otra cosa que una lucha civil entre los bandos nobiliarios y burgueses de las ciudades, desde Murcia a León, por lo tanto, no sólo castellanas; y no tuvieron otra consecuencia más que la pérdida de prerrogativas de las ciudades ante el poder real. Nada que ver tuvieron, pues, con el pretendido regionalismo de castellanos y leoneses que, ni estabann unidos, ni querían estarlo. Ni tampoco fue una derrota del pueblo, sino solamente de los burgueses ansiosos de escalar. El Emperador vino de nuevo en 1521. En sus ausencias deja como Gobernador del reino de León al conde de Benavente, mientras le acompaña el marqués de Astorga, por Italia y Alemania.
    En 1551 llega el heredero Felipe a Toro, jurando mantener los privilegios de esa ciudad. Pero cuando Felipe II llega a reinar olvida su juramento y se precipita la decadencia del actual País Leonés. En 1559, en Valladolid, que pasa por ser ya el centro administrativo de casi todo lo leonés, comienza la quema de luteranos. En 1598 la población de las ciudades leonesas había descendido por hambres, emigración y epidemias, siendo la más perjudicada Zamora, que sólo contaba ya con 7.500 habitantes y se vio obligada a pedir que se le dispensara del voto en Cortes por Galicia, al no poder pagar los gastos que de ello se derivaban.
    A partir de ahora va a escribirse la historia fuera de nuestro territorio, cerrado a Europa.
    Durante los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, en el denominado “Imperio Español”, calificados por F. Olmedo como “plagas coronadas”, el País Leonés ve acrecentarse la decadencia, sufriendo incursiones portuguesas por Cerezal, Pino y Fermoselle, produciéndose la batalla de Fonfría de 1656. Es el territorio de nuestro país una zona marginada y marginal; en 1602 Felipe III visitaba la Moraleja del Vino para cazar; León fue usado como cárcel de Francisco de Quevedo y Toro como destierro del condeduque de Olivares. La población ha emigrado a América, a las guerras en Europa o a las zonas costeras o a la capital del nuevo Estado, y los nobles terminarán marchándose también. Será casi siempre fuera del País Leonés donde destaquen nuestros hombres, con una vitalidad inaudita para un país casi completamente anulado.
    De un modo semejante a lo que ocurrió con Fernando III, los leoneses, al ampliarse los territorios de la corona, buscan fuera mejores beneficios, que no siempre lo son.
    Podemos citar varias causas generales para entender cómo fue posible toda esta decadencia; la expulsión de los judíos, la pérdida de privilegios de las ciudades, la llegada masiva de riquezas de América y la emigración espoleada por ella, el poco producto que se sacaba de los negocios y artesanías, y la administración y enriquecimiento de los nobles en territorios lejanos al país. Además, la posición geográfica marginal del País Leonés. Y todo como consecuencia general de la paulatina pérdida de la propia identidad; algo que sigue ocurriendo aún hoy.
    La decadencia del País Leonés y de Castilla también, hace que al perder poder, los enemigos que se ven como mártires de una situación que rebasa sus límites y posibilidades, parezcan más unidos de lo que en realidad lo estaban y lo han estado siempre. Creen que tendrán más fuerza apoyándose mutuamente. Las fronteras y las peculiaridades de ambos quedan diluidas, confundidas por los que los gobiernan desde su pedestal, y que les dan cada vez menor importancia. Sin embargo, los pocos pobladores se aferran a sus pasadas grandezas, no se resignan a ser dos países entre otros que ascienden y, como en otros casos de mimetismo ya señalados, toman como insignia un Imperio que les destruyó. En una reunión en Toro, llegan a pedir “un ejército de ocupación, como el que ha hecho fuerte a Cataluña”. La desorientación es tan enorme, que huelgan los comentarios.
    Los leoneses de la época se aferraron, pues, a la idea imperial, algo que no les correspondía en absoluto. La soberbia leonesa se había insertado, una vez más en su historia, en un mimetismo mendicante. Y al centralismo de los nuevos reyes, les vino como anillo al dedo.
    De todos estos errores y teniendo en cuenta especialmente esta época nace la actual comunidad de Castilla y León; como si Castilla por si sola y el País Leonés por sí sólo no tuvieran suficientes razones y fuerza para desenvolverse entre las otras nacionalidades, la mayoría de ellas con menos derechos que ellas.