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País Leonés, siglos XVIII y XIX

  • Estatua de Julián Sánchez "el Charro"


    Distribución provincial de J. de Burgos, 1833


    Fábrica "El Porvenir de Zamora"


  • También el siglo XVIII contempla en el País Leonés un vacio en cuanto a acontecimientos históricos de relevancia.  Solamente las escaramuzas en la frontera portuguesa y algún disturbio estudiantil en Salamanca.  Pero esta quietud no trajo ningún progreso. La paz de 1714 fue anodina, unida a una bajísima actividad, debida a la caída económica y demográfica de un país que parecía condenado, borrado de la faz de la Tierra, ruralizado y empobrecido.
    Algún tiempo después, y poco a poco, comienza un tímido resurgir, se crean sociedades de amigos del país (Ciudad Rodrigo, 1781; Zamora, 1785; León, posteriormente) revitalizándose algunos gremios y artesanías como la de los sederos, laneros, zapateros, joyertos, sastres, y algunas más; cuya vida sería corta.  En general, todos los avances culturales y económicos preconizados por los ilustrados tuvieron en el País Leonés poco éxito.  Prevalecieron desde entonces más las inquietudes “de letras” que “de ciencias” y podemos citar para ese momento la escuela poética de Salamanca y algunos escritores y pensadores como el padre Isla y sobre todo Torres Villarroel, quien usa elementos de la lengua leonesa en muchos de sus escritos.
    En lo económico, el País Leonés no experimenta ninguna mejora en esta época debido, entre otras cosas, a la irracional división administrativa llevada a cabo por los Austria, y la tradicional organización campesina no encontró métodos para salir de sus esquemas (concejos casi autárquicos y grandes fincas señoriales y eclesiásticas) además de sufrir plagas, como la de la langosta de 1755-56; o catástrofes, como el terremoto de Lisboa de 1775.  Se intentó suprimir el sistema concejil dando tierras a senadores sin capital que terminaron engrosando las fincas señoriales.  En este intento, por cierto, triunfó el modelo medieval del reino leonés, pero se afianzaron las diferencias de tenencia territorial entre el norte y el sur del país.
    En lo industrial, las costas peninsulares y los lugaresnmás próximos al resto de Europa, donde comenzaba la revolución tecnológica e industrial, tenían mayores posibilidades de desarrollo.  Desde entonces estamos a trasmano, mal comunicados, con capital escaso y nula o casi nula iniciativa.  Este aislamiento se salvó en parte con la arriería; maragatos, argollanos, sanabreses, armuñeses, etc., basan en esa actividad sus economías.  Por otro lado, los precios agrarios aumentan en ese siglo un 100%, extendiéndose el cultivo de cereales, pasando casi todo el país a depender del mercado de Valladolid y constituyendo este hecho otro de los factores de la crisis de identidad leonesa.  Las talas y roturaciones excesivas siguen estragando el verdadero ambiente natural leonés.  Con motivo de la subida de precios, el sistema leonés del foro (arriendo de tierras) al no poder aumentar las cuotas, por denegárselo el Consejo de Castilla, al que pertenece el reino de León desde 1763, degeneró en subforos (subarriendos) que motivaron el empobrecimiento de los campesinos no propietarios, quedando muchos como criados.  A finales de siglo se cultivan en el país maíz y patatas, introducidos desde América a través de Asturias y Galicia.  También cobra vigor la plantación de moreras para gusanos de seda y se inicia en algunas zonas el cultivo masivo de frutales.  Con los secanos, decae la Mesta, viendo abolidos sus derechos, lo cual beneficia en general el auge de la ganadería y particularmente la referente al ganado vacuno y mular.
    Es también en este siglo en el que comienzan las explotaciones mineras, tímidamente, con grandes vacilaciones y escaso rendimiento. En industria se continúa la textil tradicional, sobresaliendo Béjar, que contaba en 1774 con 145 telares, Zamora, con las únicas manufacturas modernas del país en sombrerería destinada a la exportación  la fábrica de pólvora de La Lampreada. El comercio se desarrolla también muy poco a poco, perdiendo la mala prensa de siglos anteriores.  En 1737 se crea, también en Zamora, la Capitanía General del Reino de León, de corta vida pues poco después pasaría a Valladolid.
    Durante el siglo XIX el Consejo de Castilla es quien organiza y legisla, por lo que no es nada extraño el anodino papel que al País Leonés le corresponde, y más cuando le compete exclusivamente al ejército la representación ejecutiva del gobierno centralizado en Madrid.
    Por el País Leonés, dentro de las llamadas Cortes de Castilla, representaban al Reino de León solamente las ciudades de León, Toro, Salamanca y Zamora.  En realidad, estos representantes lo eran de la oligarquía urbana.  Como eje administrativo existía el ya citado Consejo de Castilla que incluía representantes de los reinos de Galicia, León, Toledo, Castilla propiamenrte dicha, Córdoba, Jaén, Granada, Murcia, Principado de Asturias y de los territorios del País Vasco, Canarias y América, Navarra contaba con sus fueros u la corona de Aragón, Valencia, Cataluña y Baleares, con otros órganos bien menguados.  Los miembros del Consejo de Castilla eran los receptores de cada provincia, los corregidores pagados por municipios u los consejeros con monopolio de los Colegios Universitarios de Salamanca, Valladolid y Alcalá.
    El País Leonés contaba a principios de este siglo con unos 400.000 habitantes y al final del mismo habría aumentado en un 25%.  Se recibió emigración extremeña y gallega (temporeros) y catalanes.  Las ciudades continuaron estancadas, siendo la más poblada Salamanca con unos 15.000 habitantes.  Las desigualdades se ahondaron, incluso entre pueblos próximos y los lazos clientelistas se desarrollaron. Los nobles, eclesiásticos, burócratas y militares representaban un tercio de la población, siendo los otros dos tercios labradores, jornaleros, criados, algún comerciante, artesanos y gentes vagabundas y viajeras; ciegos, pobres, aventureros, arrieros, curanderos, que poblaban pajares, mesones y ventas de ínfima calidad.
    El ejército francés encuentra nutrida respuesta popular en nuestras tierras, la ciudad de León, cabeza ya sólo nominal del Reino, les declara la guerra el 24 de abril de 1808, antes que ningún otro país peninsular, y los guerrilleros surgen por doquier.  El principal de todos ellos es Julián Sánchez “el Charro”; natural de Muñoz (Salamanca), quien alidado con los ingleses el 22 de julio de 1812 en la Batalla de Arapiles (que los ingleses denominan “Batalla de Salamanca”), con una testimonial presencia estatal, y a cargo de tropas de caballería, y que pasó a la historia por ser una de las dos más multitudinarias de la época, junto con la de Waterloo, logran una épica victoria sobre las tropas napoleónicas.  Perdieron la vida unos 12.500 franceses y 5.200 aliados.  Ocho generales resultaron muertos y varios más heridos, entre ellos el propio comandante francés, Auguste Marmont.
    Junto a Julián Sánchez, José María Vázquez “el Salamanquino” que se mueve por tierras de Sanabria y, Ríos que lo hace por las de Fuentesaúco, son los tres guerrilleros leoneses más conocidos de aquella época.  Las batallas más importantes libradas son las de Ciudad Rodrigo, Zamora, El Maderal, Astorga, Morales de Toro y Castrogonzalo, siendo la más famosa la ya citada de Arapiles, junto a Salamanca.  Napoleón atraviesa desde Villalpando hasta Villafranca del Bierzo y el inglés Wellington penetra por Ciudad Rodrigo hasta Morales de Toro, emulando ambos a Anibal y a Augusto.  Pero el País Leonés, como de costumbre, no sacó beneficio alguno. 
    Tras las Cortes de Cádiz se establecerá gradualmente otro tipo de representatividad en los asuntos públicos y las elecciones se harán cada vez menos restrictivas, se iniciarán las facciones o partidos políticos, con la confusión e intensidad que en el resto del Estado.
    En 1833 se hace una nueva división político-territorial del Estado español en reinos y provincias, a cargo de Javier de Burgos.  Se establece así que en el Reino de León están las provincias de León, Zamora y Salamanca, casi con los límites actuales.  Todas las facciones lo aceptan, pues en el país han de convivir necesariamente cada una de las tendencias.  Desde esa orientación provincial se afianza el provincialismo.  Las Diputaciones de las tres provincias leonesas carecieron casi siempre de voluntad política integradora, siendo dominadas por la economía cerealista de Valladolid y por su superior potencia en comunicaciones e industria.  Esa ciudad, que nació leonesa, fue olvidándose progresivamente de sus orígenes para llegar a arrogarse la esencia y la dirección de una cuenca, la del Duero, convertida en falsa Castilla, sin tener en cuenta las diferencias de todo tipo que separaban y seguirán separando de por vida al País Leonés y a la auténtica Castilla. Pero lo cierto es que en esta época nace el diario “el Norte de Castilla” en Valladolid, para defender los intereses cerealistas, y esta ciudad acoge con la línea férrea de Madrid a Francia lo más nuevo, las modas, la forma de vivir de Europa, la élite política y económica, de modo que parece indiscutible capital del Duero. Por el contrario, el trazado de comunicaciones en el País Leonés es posterior al de Castilla y como en ésta, incompleto.  La única mejora se produce con la creación del eje transversal norte-sur, de Astorga a Extremadura, que has ido suprimido recientemente, o sea, que en este aspecto estamos como hace más de cien años.  La apertura de explotaciones mineras es deficiente y lenta, así como el establecimiento de industrias.  La población de las capitales de provincia aumenta constantemente pero muy lentamente, aunque también aumentan los pueblos y villas, conforme reciben una mejora en la red de carreteras.  A final del siglo se crea la primera fábrica de luz en el “Porvenir de Zamora”.
    Del Romanticismo, movimiento liberal, brotan en Europa todos los nacionalismos.  Sin embargo, aquí la vinculación de las tierras leonesas a Castilla es poco discutida, admitida casi universalmente.  En esta época surgen en el País Leonés como en casi toda Europa un movimiento más extremo, el anarquismo.  En tierras leonesas, donde el colectivismo y el personalismo son dos constantes históricas, las ideas anárquicas alcanzan gran difusión y relieve, que se prolonga durante todo el siglo XX.  Salamanca intenta formar cantón autónomo en la primera república, no se siente por tanto nada castellana y, en esa misma época algunos leoneses protestan de la división regional que se propone y que no llega a cuajar al no contemplar la existencia del País Leonés, uniéndonos con Asturias.
    Tras la restauración de la monarquía borbónica, con Alfonso XII, los nobles leoneses juegan un papel de favor en la corte (Marqués de Alcañices), mientras los burgueses adinerados siguen moviendo desde Valladolid la trama político-económica del clientelismo y el caciquismo.